
Entre la vegetación mediterránea se esconde una de las mantis más pequeñas y sorprendentes de Europa: Ameles spallanzania, conocida como “mantis enana” o “santateresa enana”. Aunque rara vez supera los 4 cm de longitud, es una auténtica especialista en el arte del camuflaje y la caza.
Presenta un marcado dimorfismo sexual. Los machos son esbeltos y poseen largas alas que cubren el abdomen y les permiten volar, mientras que las hembras son más robustas y tienen alas muy reducidas, incapaces de sostener el vuelo. Su abdomen, curvado hacia arriba, recuerda a una «pequeña mochila», y sus poderosos fémures delanteros, anchos y cubiertos de espinas, la distinguen de otras especies de su género.
Su cabeza triangular, con grandes ojos y una extraordinaria visión, convierte a esta mantis en una eficaz depredadora. Permanece inmóvil sobre pequeñas ramas o tallos, esperando pacientemente el paso de algún insecto desprevenido, al que captura en una fracción de segundo con sus patas raptoras.
Su coloración es muy variable y puede oscilar entre tonos pardos, grises o verdes, como el ejemplar de la fotografía, dependiendo tanto del entorno como de las condiciones ambientales. Esta capacidad mejora su camuflaje y aumenta sus posibilidades de éxito tanto para cazar como para evitar a sus propios depredadores.
Habita ambientes secos y soleados, especialmente matorrales de romero y lavanda, y se distribuye por gran parte del sur de Europa, el norte de África y prácticamente toda la península ibérica.
Tras el apareamiento, la hembra deposita los huevos en una ooteca protectora donde las futuras ninfas pasarán el invierno. Con la llegada de la primavera emergerán y, tras varias mudas, alcanzarán el estado adulto, adaptando progresivamente su coloración a la vegetación que las rodea.
La naturaleza demuestra una vez más que el tamaño nunca determina la complejidad ni la belleza.
