
Entre ramas y hojas puede esconderse un auténtico especialista en pasar inadvertido: un fásmido de la familia Phasmatidae, Extatosoma tiaratum, conocido popularmente como «insecto palo espinoso gigante».
Estos curiosos insectos herbívoros han llevado el camuflaje a otro nivel. Su cuerpo, cubierto de espinas y pequeñas expansiones que recuerdan a hojas o cortezas, les permite confundirse con la vegetación. Durante el día permanecen prácticamente inmóviles, una estrategia defensiva tan sencilla como eficaz. Por la noche, en cambio, se activan para alimentarse.
Existe un marcado dimorfismo sexual: las hembras son más grandes y robustas, mientras que los machos son menores y más estilizados. También presentan diferencias en las alas: las de los machos son largas y pueden superar la longitud del abdomen, mientras que las hembras tienen alas vestigiales y no pueden volar.
Su coloración puede variar entre tonos verdes, pardos, marrones, grises e incluso rojizos, y está relacionada con factores como la temperatura, la luz y la alimentación. Además, ante una amenaza pueden liberar sustancias olorosas que ayudan a disuadir a posibles depredadores.
La reproducción también resulta fascinante. Las hembras pueden poner alrededor de 400 huevos a lo largo de su vida y, en ausencia de machos, algunas poblaciones pueden reproducirse mediante partenogénesis, originando únicamente hembras. Los diminutos huevos presentan un opérculo, una especie de «tapa» por la que emerge la ninfa.
Originaria de Australia y Nueva Guinea, esta especie habita desde zonas costeras hasta ambientes más secos y se alimenta principalmente de eucaliptos, aunque también puede consumir otras plantas. Su amplia presencia en cautividad se debe, entre otras razones, a su interés para la investigación y a que se ha convertido en un popular animal de compañía.
Una criatura que demuestra que, en la naturaleza, sobrevivir muchas veces consiste en saber desaparecer a simple vista.
