
La pirita (FeS₂) es uno de esos minerales que parecen guardar un pequeño secreto bajo la luz. Su intenso color amarillo latón y su brillo metálico explican el popular nombre de «oro de los tontos», aunque basta observarla con atención para descubrir que no es oro: la pirita es más dura y ligera, no es maleable y deja una raya oscura, no dorada.
Su nombre procede del griego pyr, «fuego», en referencia a las chispas que puede producir al golpearla con otro metal. Pertenece al grupo de los sulfuros y cristaliza en el sistema cúbico, con una dureza de 6–6,5 en la escala de Mohs.
Una de sus características más llamativas es su capacidad para formar cristales cúbicos muy bien definidos, con caras lisas o estriadas, aunque también puede presentarse como dodecaedros pentagonales (piritoedros), maclas, agregados radiados o en espectaculares formas discoidales. Estos últimos, conocidos como «soles de pirita», están formados por fibras radiales como el ejemplar fotografiado y son especialmente apreciados por los coleccionistas.
En la naturaleza puede confundirse con minerales como la calcopirita o la marcasita, pero existen diferencias que permiten distinguirlos. La pirita también puede alterarse con facilidad y dar lugar a óxidos de hierro, como la limonita.
Su origen es muy diverso: aparece en ambientes sedimentarios, en rocas ígneas y, especialmente, asociada a otros sulfuros en numerosos yacimientos hidrotermales. Además de su interés científico y coleccionístico, ha tenido importantes aplicaciones industriales, entre ellas la obtención de ácido sulfúrico.
En España destacan ejemplares de gran calidad procedentes de lugares como Riotinto (Huelva), la Cuenca de Cameros y, muy especialmente, Navajún y Ambasaguas, en La Rioja, famosos por sus extraordinarios cristales cúbicos.
