
Adherido al tronco como un pequeño “casco de caballo”, Fomes fomentarius, conocido como “hongo yesquero”, es mucho más que una curiosidad del bosque.
Este hongo basidiomiceto de la familia Polyporaceae desarrolla cuerpos fructíferos duros y leñosos, sin pie, cuya coloración varía entre los tonos grisáceos y pardos. Crece principalmente sobre árboles de hoja ancha, como hayas, abedules y chopos, tanto vivos y debilitados como muertos.
Su papel ecológico es fundamental. Provoca la llamada podredumbre blanca, degradando la lignina y la celulosa de la madera. De este modo, contribuye a descomponer los restos vegetales y devolver nutrientes al ecosistema, aunque también debilita la estructura de los árboles afectados. Un proceso natural que ayuda a renovar el bosque y crea nuevos hábitats para numerosos organismos.
Su relación con el ser humano viene de muy antiguo. Su tejido interno, convenientemente preparado, se utilizaba como yesca para conservar y transportar brasas durante largo tiempo. Buena prueba de ello son los restos de este hongo hallados entre las pertenencias de Ötzi, el hombre de hielo, que vivió hace más de 5.000 años en los Alpes.
En algunas regiones de Europa oriental también se ha empleado su estructura procesada para elaborar objetos artesanales, como gorros, bolsos y otros complementos. Además, sus posibles aplicaciones medicinales y sus compuestos bioactivos continúan despertando interés científico, aunque estos usos tradicionales no deben confundirse con tratamientos médicos demostrados.
A veces, los organismos más discretos esconden historias extraordinarias. Observar de cerca este hongo permite descubrir cómo la naturaleza recicla la madera, sostiene la biodiversidad y conserva vínculos milenarios con la humanidad.
