
El Carpe (Carpinus betulus) es uno de esos árboles que muchas veces pasan desapercibidos… hasta que llega el otoño. Entonces sus hojas amarillas iluminan el bosque y contrastan con la humedad y los tonos oscuros del entorno, creando paisajes de enorme belleza natural.
Aunque es una especie habitual en buena parte de Europa central y del sudoeste asiático, en la Península Ibérica su presencia natural es muy escasa y queda reducida a algunos bosques del extremo occidental de los Pirineos. Por ello, actualmente está incluido en diferentes listas y catálogos de protección de flora amenazada.
Puede alcanzar cerca de 30 metros de altura y posee un tronco muy característico, con corteza gris verdosa y ondulada, de aspecto elegante y fácilmente reconocible. Sus hojas, ovaladas y dentadas, presentan una nerviación muy marcada que les da un aspecto algo arrugado. Además, son “marescentes”, lo que significa que permanecen secas en las ramas durante gran parte del invierno antes de caer con la llegada de los nuevos brotes primaverales.
En primavera aparecen sus flores masculinas y femeninas en largos racimos colgantes. Más tarde se desarrollan los pequeños frutos secos, acompañados por curiosas brácteas trilobuladas que facilitan su dispersión gracias al viento y la lluvia.
El carpe crece lentamente, pero desarrolla una madera extremadamente dura y resistente. Habita en bosques caducifolios húmedos y templados, normalmente sobre suelos ricos en nutrientes y preferentemente calizos.
Una especie discreta, elegante y fundamental para la biodiversidad de nuestros bosques.
