
A simple vista pueden parecer pequeños adornos sobre la corteza de los árboles, pero los líquenes son auténticos indicadores de la calidad ambiental. En esta imagen conviven dos especies epífitas de la familia Parmeliaceae: Parmelina tiliacea y Evernia prunastri.
Parmelina tiliacea presenta un talo foliáceo de aspecto laminar y lobulado, con tonalidades grisáceas en la cara superior y más oscuras en la inferior. Sus característicos isidios, pequeñas estructuras de reproducción asexual, cubren gran parte de su superficie y permiten identificarla con facilidad. Es frecuente sobre encinas, fresnos, tilos y otros árboles de hoja ancha, especialmente en la Península Ibérica.
Por su parte, Evernia prunastri, conocida como «musgo del roble«, desarrolla un talo muy ramificado que recuerda a pequeñas cornamentas. Sus lacinias muestran una curiosa combinación de colores: verde pálido o amarillento en la cara superior y blanquecino en la inferior, lo que sirve como indicativo para su reconocimiento y diferenciador de otras especies bastante similares. Esta especie destaca por su gran sensibilidad a la contaminación atmosférica, razón por la que se utiliza en estudios de biomonitorización ambiental.
Aunque viven sobre troncos y ramas, estos líquenes no son parásitos y no dañan a los árboles que los hospedan. Su presencia nos habla de ecosistemas donde el aire conserva una buena calidad y donde la biodiversidad encuentra las condiciones adecuadas para prosperar.
Pequeños organismos que pasan desapercibidos para muchos, pero que cuentan grandes historias sobre la salud de nuestros bosques y la importancia de conservarlos.
