
Entre los pétalos y el polen, donde la vida se mide en milímetros, habita un pequeño visitante habitual de la primavera: Tropinota squalida, también conocido como “escarabajo de las flores”.
Perteneciente a la familia Cetonidae, este coleóptero luce un cuerpo robusto y casi rectangular, de tono oscuro con pequeñas manchas blanquecinas en los élitros. Su aspecto aterciopelado se debe a una fina capa de pelos blanco-amarillentos que cubren todo su cuerpo.
Durante los meses cálidos, los adultos se dejan ver sobre flores, donde cumplen un doble papel: polinizadores y consumidores. Se alimentan del polen y de los órganos florales, y sus larvas viven bajo tierra, nutriéndose de raíces y materia vegetal en descomposición.
Aunque su presencia aporta belleza y vida al paisaje, este pequeño insecto también puede causar daños en cultivos y jardines al alimentarse de hojas, flores o frutos. Aun así, su papel ecológico es valioso: recuerda el equilibrio delicado que sostiene la naturaleza.
Frecuente en toda la región mediterránea, prefiere los espacios abiertos, prados floridos y caminos soleados. Allí, entre luces y sombras, este discreto escarabajo nos invita a mirar más de cerca la biodiversidad que florece a nuestros pies.
